Qué lindo se ve Miguel cuando acaba de levantarse. Yo a veces abría los
ojos media hora antes de que sonara el despertador para poder verlo unos
minutos inconsciente. Creo que ahí lo amaba más. Inútil, inofensivo... ahí era
yo la dueña de su cuerpo adormecido. Dueña de sus gestos y suspiros y
seguramente de sus sueños también. Después me iba a dormir (bueno, me hacia la
dormida) y esperaba unos minutos a que sus caricias se juntaran con el sol de
la mañana y me abrazaran. “Buenos días, chiquita” susurraba. Cualquier
despertador era obsoleto al lado de la melodía de su voz. Yo era feliz y
arrancaba cada día como si fuera el mejor.
Con el tiempo se volvió distante y cambió las caricias que solían
despertarme en las mañanas por abrazos a una taza de café. Mi alarma ya no se
sentía obsoleta porque sin ella nada más me despertaba. El tiempo lo cambió
como a ninguno. Yo sigo buscando caricias que no están más en ningún amanecer. Solo
soy dueña de el en esos treinta minutos en que lo veo dormir. Solo ahí puedo sentirlo
mío, después, cuando abre los ojos se pierde en su racionalidad.
Con el tiempo empecé a odiarlo. Cómo puede mirarme sin que le brillen los
ojos? No entiendo. Me habló hace unos días de alejarnos para siempre. Y ahí
entendí que simplemente yo no lo podía perder. Faltan 23 minutos para que suene
el despertador. Ahora lo veo mío y quiero que siga siendo así. No quiero que
abra los ojos y que estos no brillen por mi.
El quiere que esto termine. Bueno… lo voy a hacer más fácil. Miguel, si me
escuchas mientras duermes quiero que sepas me gustas inconsciente, me gustas
indefenso, me gusta que no puedas hablar y decir lo que no sientes por mi. Así
que sí terminemos todo ya como tu quieres. La única manera de vivir sin ti es
saber que ya nadie te mira durmiendo. “Buenos días, chiquita” me decías. Hoy te
digo buenas noches, para siempre.
...
...
¡Pum, Pum!